Porque lo público es diverso, como lo es la ciudadanía
Porque lo público es diverso, como lo es la ciudadanía

CERO DISCRIMINACIÓN

grupo de jóvenes sonrientes

Por Eva Martínez Ambite

El 1 de marzo se celebra el Día de la Cero Discriminación, con el objetivo de plantarle cara a la discriminación sea cual sea. La Declaración de Derechos Humanos y las constituciones de los países democráticos se fundamentan en el principio de igualdad y no discriminación. Todas las personas tenemos derecho a ser tratados por igual, con independencia de nuestro fenotipo, etnia, nacionalidad, clase social, religión, creencias, sexo, género, lengua, orientación sexual, edad, estado de salud u otra condición. Y, aun así, con demasiada frecuencia oímos historias desgarradoras de personas que sufren la crueldad sólo por pertenecer a un grupo «diferente» de quienes están en posiciones de privilegio o poder. El poder, es esa palabra fundamental para entender cómo funciona el mecanismo social e institucional de la discriminación.

La discriminación supone un el trato diferenciado y desigual hacia una persona o un grupo, por lo que también se utiliza el término desigualdad de trato; en uno o diversos ámbitos de la vida social, en función de una o varias categorías (elementos de diferenciación) y/o prejuicios (elementos de diferenciación que llevan aparejada una visión negativa o rechazo). Sean estas categorías reales, atribuidas o imaginarias; tales como la cultura, el género, la edad o la clase social, la orientación sexual, etc. Decimos una o varias categorías porque la realidad nos ha mostrado cómo las personas viven procesos de discriminación múltiple, por ejemplo, ser mujer y tener una discapacidad. Por tanto, discriminar, desde el reconocimiento de la dignidad humana, supone dañar los derechos de alguien simplemente por ser quien es o por creer en lo que cree. La discriminación es nociva y perpetúa la desigualdad, pero además genera un sentimiento de indefensión en la persona, haciendo que no sea capaz, en muchos casos, de reconocer el problema en el comportamiento inadecuado o directamente ilegal de los demás y aún más difícil, reconocer que la sociedad en la que vive es discriminatoria e injusta. En cambio, las personas discriminadas tienden a interiorizar el rechazo, la desigualdad, o exclusión (la sociedad también refuerza esto) como un problema personal, generando un sentimiento de no estar a la altura (bajo autoconcepto de uno mismo) o no ser suficientemente merecedor del respeto y afecto de los demás (baja autoestima). Es doloroso comprobar, trabajando con niños y niñas, cómo desde muy temprana edad, 4 o 5 años, estos empiezan a tener experiencias de discriminación e interiorizan esta como algo natural a sus vidas, lo que conlleva graves consecuencias en su desarrollo psicológico y social.

En la intervención para la sensibilización, que venimos realizando desde la Secretaría de Mujer y Políticas sociales de FeSP-UGT desde hace años con alumnado, trabajamos en primer lugar los términos y su significado, a través de la aportación de los propios chicos y chicas. Las educadoras no damos las respuestas; lanzamos preguntas y esperamos sus respuestas diferentes o complementarias. Con ello tratamos de trabajar el pensamiento reflexivo y la empatía. Cuando les preguntamos qué es esto de que no te traten bien o igual a los demás, siempre hay mil ejemplos y tienen muy claro qué categorías son utilizadas como excusa para discriminar en su centro o en su localidad. El listado que vamos apuntando en la pizarra es enorme. Para ellos, en su necesidad de aceptación, siempre el físico o aspecto sale en primer lugar; pero después y dependiendo del grupo siempre salen otras categorías como las capacidades para aprender, el dinero que tiene tus padres (casi siempre identificada con la ropa que llevas), la procedencia, el país del que has venido o vino tu familia, la cultura cuando estamos ante un grupo con chavales de etnia gitana, la religión cuando son musulmanes, el color de la piel, los rasgos, y como no, de manera transversal sale la discriminación de género.

Pero más allá de tener identificadas la excusas o categorías (como decía el listado que ellos y ellas aportan es muy largo), duele escuchar los sentimientos o emociones que en ellos se producen. Esta es la segunda parte del taller. No solo basta saber qué es la discriminación, sino conocer los sentimientos y emociones que experimentamos cuando la sufrimos. Si lo normal es que el grupo participe ampliamente en la primera parte de análisis de la discriminación, al preguntarles sobre ¿qué sienten cuando han vivido la discriminación?, entonces la participación es plena. Siempre aquí se lanzan a hablar sin esperar turno (incluso aquellos chicos y chicas que antes parecían estar ajenos al taller). Las primeras emociones que expresan son la tristeza y la rabia, pero le siguen la impotencia, la soledad, la ira, el miedo, la depresión… hasta llegar a algo tan incapacitante y traumático como es la culpa. A esto se le llama hacer tambalear nuestra autoestima, creer que de verdad nos merecemos el rechazo, que no somos valiosos o valiosas por nosotros mismos. En estos casos, lo importante es explicar que la discriminación no es culpa nuestra, porque no depende de nuestro comportamiento, es lo que somos y no lo podemos cambiar o simplemente no queremos. Es una mochila que cuando llegamos al mundo se nos pone encima. Unas mochilas son muy grandes (discriminaciones múltiples) y otras más ligeras y pequeñas; pero siempre, siempre el problema está en los demás y en la sociedad que lo permite o directamente lo ejerce. El problema no está en nosotros, se trata de trabajar la toma de conciencia. Como mujer siempre viví la discriminación, que me llevó a pensar que no valía tanto como un cualquier hombre que me rodeaba; para después, afortunadamente, comprender que llevaba esa mochila y que no era culpa mía; no dependía de cuanto me esforzara, de mi comportamiento, siempre estaría ahí. Comprender esto, es decir, tomar conciencia de mi discriminación por el hecho de ser mujer, entender que no era un problema individual sino social y con un porqué, que se llama patriarcado, me marco el camino para no hacerme daño a mí misma, sino entender que debía luchar contra esa discriminación por mí y por cualquier mujer, es decir, asumir y reivindicar desde el feminismo.

La discriminación es un grave problema que afecta a la vida cotidiana e impide el progreso de millones de personas en todo el mundo. Adopta diversas formas: desde la negación de los principios básicos de igualdad de las personas en el acceso a bienes y servicios hasta la instigación al odio o la realización de delitos de odio; en cualquier caso, no son las diferencias las que están en el origen de la discriminación sino, más bien, al revés: las relaciones preexistentes de poder y desigualdad son las que desencadenan un clima de confrontación que utiliza las diferencias como excusa o coartada para ejercer el dominio.