Porque lo público es diverso, como lo es la ciudadanía
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El discurso que alimenta el racismo. Una historia sin fin

Imagen de la losa de mármol del monumento de Whashington a Martin Luther King

Martin Luther King J.R, tal vez sea el activista por los derechos civiles más reconocido en el mundo. ¿Quién no ha recitado alguna vez su conmovedor discurso “I have a dream”?, ¿quién no ha sentido el dolor y la esperanza transformadora que emanan de sus palabras? La marcha de miles de personas sobre la capital estadounidense reclamando trabajo y libertad, culminó en el Lincoln Memorial de Washington D.C, símbolo de los principios inspiradores de la nación. Con la estatua de Lincoln tras de sí, un pastor sureño afrodescendiente, proclamó que todas las personas eran libres e iguales, dirigió su voz a una nación manifiestamente racista, que consideraba que el color de la piel determinaba si se era merecedor de tener derechos o simplemente de vivir.

Años de manifestaciones, violencia, insultos, muertes y cárcel culminaron en la firma, en julio de 1964, de la Ley de Derechos Civiles, que finalmente prohibía la discriminación por razones de raza, género, religión y origen. Fue una senda tortuosa, muchas fueron las voces que pretendían entorpecer y paralizar las movilizaciones, bajo el argumento de que era mejor esperar. Pero, ¿esperar a que? Un año antes, el pastor King fue arrestado y encarcelado en Birmingham (Alabama). Durante su aislamiento, escribió el que sería su ensayo más importante: la “Carta de Birmingham”. En ella vuelca cientos de años de espera que alimentaron el hartazgo de sus hermanos y hermanas. De forma magistral, King recuerda a los millones de personas que, por algo tan aleatorio como su tono de piel, llevaban esperando 340 años a poder ejercer los derechos reconocidos en su Constitución; 340 años, durante los cuales han vivido de puntillas entre el miedo y el resentimiento; 340 años luchando contra la invisibilidad, la sensación de no ser nadie. Palabras certeras que explican las razones del porqué de la rebeldía pacífica contra un Estado injusto. Y lo lograron, llegó el éxito y despertaron el asombro y admiración del mundo entero, pero tras 54 años, el sueño del señor King sigue siendo una utopía. En un país en el que el racismo no ha sido erradicado y tampoco parece que esta vulneración de derechos ocupe un lugar destacado en la agenda política, sino más bien lo contrario. Muestra de ello, es el anuncio del actual presidente Donald Trump, de la prohibición de continuar con la formación de sensibilización racial que recibía el personal de las Agencias Federales. Esta ha sido una decisión personal del presidente, que considera que en los Estados Unidos no existe un problema de racismo sistémico, sino de violencia de quienes residen en los barrios pobres de los centros urbanos hacia el resto de la población, barrios empobrecidos que, paradójicamente, están habitados mayoritariamente por personas con tonalidades de piel oscura.

Lo cierto y verdad es que, en las últimas décadas, estamos asistiendo a un brutal retroceso en términos de derechos civiles y humanos. No se habla abiertamente de supremacía blanca, porque el movimiento de derechos civiles ya demostró que era inmoral, injusto y una mentira. Sin embargo, los discursos políticos son el instrumento ideal para avivar el odio y generar una sensación de peligro y amenaza constante empleando una retórica con expresiones, aparentemente neutras, como “engrandecer la patria”, “luchar contra las personas en situación irregular”, “proteger a los nuestros”, defendernos de “los otros”, “preservar nuestra esencia”…La eficacia de este discurso se incrementa si se acompaña, además, de decisiones políticas que afectan a la vida diaria de las personas y ahondan en la brecha social como rebajas fiscales a multimillonarios, recortes en prestaciones sociales y atención sanitaria, incremento de la violencia policial contra personas migrantes y/o afrodescendientes o crear delitos inexistentes como ocurre con la mal llamada ocupación de viviendas, para desviar la atención. La fractura social está servida, la clase trabajadora tiene miedo entre sí y, sobre todas las cosas, a las personas pobres a quienes se ve como peligrosas, amenazadoras y, sobre todo, diferentes ¿pero, a quién? La preocupante fractura social se sustenta en 400 años de racismo, la diferencia entre lo vivido por los y las activistas en pro de los derechos civiles de los años 50 y la actual, es que, a día de hoy, el racismo es más sutil, se emplean otros códigos.

Las noticias sobre los últimos conflictos acaecidos en Estados Unidos, llegan a este lado del océano de forma sesgada, mostrándonos la agresión y la inmediata respuesta, como si entre medias no sucediera nada más, la cerilla y el incendio, acción y reacción. ¿De verdad que sólo se trata de eso? Y, mientras contemplamos con estupor las imágenes del estallido de rabia, entre ellas parece adivinarse la indefensión, la precariedad laboral, la pobreza o la exclusión. Aparecen, como escritos con tinta invisible, uno a uno los párrafos de la Carta escrita por el señor King en la celda de una prisión sureña en 1963.

Mientras tanto, en Europa, los partidos de ultraderecha imitan la retórica del discurso del partido republicano estadounidense y, con la misma sutileza y encono, extienden la idea de que “nuestra identidad europea” está amenazada. La ultraderecha europea se ha apropiado del lema “Yes, we can” para movilizar a quienes se identifican con el sentir patrio en torno a los problemas que genera la inmigración en términos de seguridad y, como no, el chauvinismo del Bienestar según el cual determinados grupos (migrantes, personas sin hogar o personas con bajos recursos) no deben tener derecho al mismo nivel de protección social que reconocen las leyes, o bien que se extienda y se normalice la idea de que los recursos de los Estados son limitados por lo que su reparto debe ser realizado en términos puramente economicistas de eficacia, aun cuando con ello se vulneren derechos humanos elementales.
Pero, ¿de qué identidad hablamos?, ¿a quién consideramos nativos para cercenar o conceder derechos?, ¿los símbolos patrios son idénticos para toda la ciudadanía?, ¿es el pueblo homogéneo?.

El señor King luchó, incluso con su vida, para que las leyes reconocieran los derechos de la población afrodescendiente, hoy día la lucha es mucho más cruenta. Tenemos los derechos reconocidos por ley pero en la práctica, no se cumplen. Romper con esta paradoja es nuestra responsabilidad y misión, así que cada uno de nosotros y nosotras debemos preguntarnos qué debemos hacer en las múltiples facetas de nuestra vida y llevarlo a la práctica.

Por Milagros Ruiz-Roso