Porque lo público es diverso, como lo es la ciudadanía
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La filosofía, un deber común

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Por Antoni Aguiló. Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra y miembro del colectivo Homes Transitant.

Uno de los aspectos más polémicos de la LOMLOE, la nueva ley de educación aprobada por el Congreso, se refiere a la eliminación de la asignatura de Ética en 4º de la ESO. La Comisión de Educación del Congreso rechazó con los 116 votos en contra del PSOE la enmienda que defendían grupos parlamentarios como Unidas Podemos o el Grupo Plural, entre otros, a fin de rescatar dicha asignatura. El PSOE argumentó que ya se imparten demasiadas asignaturas en 4º de la ESO y que para incluir Ética habría que eliminar alguna. La propuesta del PSOE es sustituirla por una nueva materia llamada Valores Cívicos y Éticos. Cabe recordar que la LOMCE del PP solo mantuvo la filosofía en 1º de bachillerato como asignatura obligatoria a todos los itinerarios. Y aunque es de celebrar que la LOMLOE recupere la Historia de la Filosofía como asignatura obligatoria en todas las modalidades de bachillerato, ha incumplido el acuerdo que la Comisión de Educación alcanzó por unanimidad en 2018 en lo que se refiere a la restauración de la Ética.

Sí se aprobó la enmienda impulsada por Más País-Equo y Compromís para que en la nueva asignatura de Valores Cívicos se estudie cultura fiscal. Bien mirado, puede que así se enseñe para qué sirve una política de impuestos progresivos orientada a redistribuir la riqueza. Quizá de este modo el alumnado descubra a filósofos tan importantes en esta materia como Rousseau, que en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres afirma: «El primer hombre a quien, después de cercar un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: ‘¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!’».

Organizaciones como la Red Española de Filosofía (REF) ya han dado justas y sobradas razones de lo que significa este incumplimiento, por lo que no abundaré en ellas. En un comunicado reciente, la REF habla del «desprecio» y del «poco valor» que el Ministerio de Educación otorga al consenso parlamentario.

Sospecho que en el fondo de todo este debate subyace una problemática de mayor calado todavía insuficientemente tematizada: la importancia de garantizar la práctica de la filosofía como derecho y como deber irrenunciable. Hasta la fecha, ninguna ley educativa ni ningún ordenamiento jurídico estatal ha consagrado la filosofía como un derecho y como un deber ético y educativo fundamental. La filosofía se ha movido tradicionalmente a caballo entre la ausencia y la presencia en el currículum escolar, dependiendo del valor que el Gobierno de turno le otorgue. ¿Por qué la Constitución reconoce el derecho a la libertad de pensamiento (artículo 16) y el derecho a la libertad de expresión (artículo 20) pero no el deber de aprender a pensar de manera crítica y autónoma, la necesidad de salir, como decía Kant, de nuestra irresponsable «minoría de edad» mental y moral? No puedo estar más de acuerdo con José Saramago cuando en una entrevista afirmaba: «En la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte«.

La filosofía debería formar parte de los derechos y los deberes de todos. Como derecho, tiene el mérito de plantear la cuestión de si filosofar es una actividad esencial para la educación de una persona, por lo que se deberían garantizar las condiciones para el ejercicio de un pensamiento libre y creativo, más allá de vetos parentales, religiosos o de cualquier otro tipo. En 2019, México logró algo que hasta ahora probablemente no ha ocurrido en ningún otro país del mundo: el reconocimiento constitucional del derecho a una educación filosófica y humanística. Con el apoyo de diputados y senadores, se acordó reformar el artículo 3 de la Constitución para blindar la filosofía como derecho constitucional. Se trata, como mínimo, de un avance jurídico sin precedentes que contrasta con el anuncio de recortar la inversión pública en las carreras universitarias de Filosofía y Sociología que eso mismo año hizo el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

Sin embargo, vivimos en una sociedad individualista que glorifica los derechos y en la que hablar de deberes resulta impopular. Pero lo cierto es que todo derecho conlleva el respeto de un cierto número de deberes. Como deber ético y educativo, la filosofía debería ejercitarse desde los primeros cursos de escolarización obligatoria. Constituye una tarea compartida que compromete al conjunto de la sociedad civil, a los medios de comunicación y a las instituciones públicas. Pensar (y enseñar a hacerlo) es un deber colectivo que nos define como humanos. Más allá de su dimensión académica, vengo defendiendo que todas las personas son aptas para filosofar, que para hacerlo no hacen falta conocimientos técnicos previos, que tan solo se necesita el deseo de conocerse mejor a uno mismo y a los demás, pero sobre todo, como decía Hannah Arendt, lo más necesario son las ganas de atreverse a «pensar sin barandilla», sin cerrojos ni fronteras.

Las actuales crisis económicas, políticas y sociales que vivimos son, en el fondo, el reflejo de una crisis más profunda de principios, valores e ideales, de una crisis de reflexión y de sensibilidad sobre lo verdaderamente importante en la vida. Se fomenta una socialización mercantilista y superficial a la que no le interesa enseñar a priorizar necesidades y aspiraciones, una educación sin sentido de la responsabilidad ni de los límites que inculca el deseo de consumir cada vez más, que mide el éxito por el dinero, la fama o el poder y que aprueba el conformismo y la indiferencia. A veces tengo la impresión de vivir en la época de Lord Byron, quien en 1812 escribía: «Un ser humano vale menos que una máquina tejedora y la seda se vende a mejor precio que la vida«. Sea como sea, una sociedad mejor no se construye solo a base de buenos principios. Se construye con los lugares, espacios y métodos de los que habla Saramago y que dan vida a los principios. La filosofía es ese lugar de asombro y encuentro que nos permite preguntar por el mundo y por nosotros mismos.